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jueves, 9 de mayo de 2013

Pensamientos desde el tren (V)



Apostatar

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Hace poco le comentaba a uno de mis seres más queridos, al hilo de preguntas tan "místicas" como ¿de donde viene el/los universo/s? o ¿por y para qué estamos aquí los seres vivos y las cosas que no están vivas?, etc, lo que hace más de un milenio contestaba un clérigo a una pregunta tan problemática como ¿que hacía Dios antes de crear el universo?.

Este clérigo, que no era uno cualquiera, respondía que lo que hacía Dios antes de eso era crear el Infierno para tener un sitio a donde enviar a los que hicieran semejantes preguntas.

Es injusto tratar esta frase en el contexto en que voy a hacerlo, sobre todo teniendo en cuenta que vino de los labios de Agustín de Hipona, más conocido como San Agustín, erudito y pensador crítico donde los haya (se considera en círculos científicos que se adelantó más de 1500 años al pensamiento actual de que el espacio y el tiempo se crearon juntos, y fue un hombre que intentó adecuar la religión a la razón). También debo decir que esa debió ser la respuesta corta y graciosa, y no la que se correspondía con sus pensamientos. No obstante, bien pudo ser pronunciada por labios menos racionales y más tocados por la inspiración divina. Incluso en su nombre.

Con esta salvedad, que no es poca, la respuesta puede considerarse una verdadera demostración de hipócrita suficiencia y falsa inefabilidad. Explica, además, como idea general, el monstruoso atraso provocado al conocimiento humano por la mano de aquellos elegidos iluminados que han guiado al resto de hijos de algún dios (o dioses) hacia la auténtica Verdad.

¡Y aún siguen guiándonos!

Pues bien, yo os lo imploro, poseedores de la Verdad, instrumentos del Verbo que se hizo Carne, seguidores de todos esos dioses que son únicos y verdaderos aunque los haya por docenas:

¡Hacedme un sitio en el Infierno/Tártaro/Inframundo/Gehena/Hades/Sheol/...!


Buenas noches desde Arcoíris.

martes, 7 de mayo de 2013

Pensamientos desde el tren (IV)



Vivir

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Ya no tengo que esperar.

No he encontrado lo que buscaba, ni siquiera lo que no buscaba. Probablemente porque nunca he sabido lo que buscaba.

Es simplemente que el tiempo de buscar ya se me ha agotado, y con él me he agotado yo también.

Ya es la hora de aceptar la futilidad de tal empeño. No hay nada que esperar; la vida no es un tránsito hacia un destino, es el camino en sí.

Es la capacidad de sorprenderse y no la de sorprender la que de verdad tiene valor.

Es la inocencia y no la inteligencia la que proporciona felicidad.

Es la sensibilidad y no el control de los sentimientos lo que nos hace dignos de ser llamados humanos.

Es la humildad en la grandeza y no la prepotencia infundada la que nos hace merecer respeto.

Es lo sencillo y no lo complicado lo que da acceso al entendimiento.

Es la risa y no la indiferencia la que mejora nuestra vida.

Es el valor de seguir el dictamen de nuestro yo interior y no la seguridad en lo establecido lo que nos engrandece.

Ya no es tiempo de espera, es tiempo de vivir.


Buenas noches desde Arcoíris.

lunes, 6 de mayo de 2013

Pensamientos desde el tren (III)



Ser

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Perdido entre mis pensamientos, oculto tras mi fortaleza, me pregunto a menudo sobre el devenir de los acontecimientos.

Nada que no haga todo el mundo, lo sé, pero a mí el mundo nunca me ha servido ni de referente ni de contrapunto.

Es curioso como la edad cambia a las personas, y no sólo en lo físico, obviamente.

De hecho, salvo por el difícilmente definible sentido de identidad, podríamos considerarnos seres distintos de los que éramos, tanto a nivel físico como mental.

Pocas células originales quedan entre los millones de millones de ellas que nos componen, y pocas ideas inalteradas desde que fueran forjadas en nuestro cerebro.

Vivir es como morir y renacer una y otra vez, de forma permanente, sin solución de continuidad, de forma tan suave que no podemos percatarnos.

Resulta tentador caer en el puro solipsismo y, más aún, dejarse llevar por la vorágine existencial.

Ojalá tuviéramos un interruptor que nos permitiera desconectar nuestros pensamientos. Al más puro estilo de mi querido androide Data.

La maldita mente humana es un misterio.


Buenas noches desde Arcoíris.

jueves, 31 de mayo de 2012

Pensamientos desde el tren (II)



Desconfiar

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Decía Aristófanes que la desconfianza es la madre de la seguridad. Y, como buen griego que era, entre error y error encontraba alguna buena verdad.

Si bien es cierto que no se puede llevar este pensamiento hasta sus últimas consecuencias, porque supondría caer en patologías de tipo paranoide, también lo es que las fuentes verdaderamente fiables son algo que raya en la utopía.

Con el advenimiento de las comunicaciones globales en su sentido más amplio el hombre libre (si eso significa realmente algo) ha adquirido la oportunidad de contrastar convenientemente cualquier información recibida. Pero, ¿lo hacemos?.

No sólo no lo hacemos, sino que no queremos hacerlo. En realidad lo que nos gusta es ver, oír, leer, aquello que se acerca a la idea que nos hemos formado sobre una determinada cuestión.

Hay incluso un término psicológico, que no recuerdo, para describir algo que parece ser inherente a nuestra especie: el cómo tendemos a ignorar, descartar, o menospreciar, aquello que no respalda nuestra opinión, al tiempo que reforzamos, aceptamos, e incluso hacemos nuestros, aquellos razonamientos que concuerdan en mayor o menor medida con nuestras ideas.

Y todo ello al margen de tontas consideraciones como la verdad o la realidad, que son cosas al parecer fuera de nuestro alcance.

Y la cosa encaja.

Por ejemplo, esto explicaría porque la gente tiene tendencia a leer prensa, o ver televisión, con una tendencia política clara. El sujeto, o sujeta, que hace esto, y dudo que exista un sólo ser humano que no caiga en estas prácticas en mayor o menor medida, no cree por regla general que la visión que está obteniendo sea subjetiva, sino que cree que es la versión correcta. No saldrá nunca corriendo a comprar un periódico de tendencia contraria, ni cambiará de canal, antes de formarse una idea. Y no quedará en eso, sino que defenderá aquello que ha visto o leído como la única verdad sobre la tierra, siempre y cuando no se aparte mucho de su esquema mental.

También explicaría porque no se hace un esfuerzo para contrastar la información que recibimos: simplemente será correcta si encaja con nuestra forma de entender la cuestión e incorrecta si nos supone un conflicto.

Y esto vale para la política, para el deporte, para los famosos...

Si un político "del otro bando" es juzgado, para nosotros será culpable, aunque un juez diga lo contrario. Si es del "nuestro" será una simple demostración de que se trataba de una persecución injustificada. Y bastará con que se lo oigamos decir al de turno (y siempre hay alguien de turno). Claro que hay quien directamente juzgará y condenará a cualquier político independientemente de su afiliación, pero eso no anula el argumento, porque para éstos también será una verdad preclara que son culpables. Y siempre podremos encontrar a alguien que tenga en sus manos esa misma verdad.

La verdad y la justicia se autorregulan en nuestra mente de manera que  siguen siendo puras y absolutas, por mucha mierda que nos echen, o nos echemos, encima.

No me fio. Ni de los "mios".


Buenas noches desde Arcoíris.

martes, 17 de abril de 2012

Pensamientos desde el tren (I)


Desaparecer

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Todos alguna vez hemos sentido deseos de desaparecer.

No en el sentido trágico de la palabra (bueno, algunos puede que también), sino como una forma de desconexión con la realidad que vivimos día a día.

Esa "desaparición" puede ser, si se me permite la licencia de separarlos, en el tiempo y/o en el espacio.

-La unidireccionalidad temporal (la famosa flecha del tiempo) limita la primera opción, en principio, al ámbito de nuestra imaginación. Sólo podemos suponer lo que haríamos si volviéramos atrás en el tiempo (con la ventaja añadida de nuestras experiencias, claro), o como nos las arreglaríamos si el salto fuera hacía adelante.

Personalmente siempre he preferido el salto a oscuras hacía delante que el salto con ventaja hacía atrás. Pero eso ya es cuestión de gustos.

-La desaparición en el espacio ya es otro tema. Puede manejarse también con la imaginación, pero no hay una imposibilidad real de acometerla. Podríamos mantener nuestra línea temporal y desplazarnos espacialmente lo suficiente (cada vez es más difícil hacerlo) como para que pudiéramos/pudieran considerarnos "desaparecidos". Podríamos cortar todos los lazos tendidos con nuestra anterior existencia, por lo que verdaderamente podría ser entendido como un "renacimiento".

Las dos formas de desaparición no existencial se nos aparecen (valga la tontería) repetidamente en la mente a lo largo de nuestra vida, pero hay quien, en mayor o menor medida, decide desaparecer de la única forma posible en lo que llamamos mundo real: por la segunda vía.

Esa gente, que sin duda es de otra pasta, pueden ser, lo son, considerados tan valientes como cobardes, tan audaces como imprudentes, egoístas, inconscientes, sin ética...

En realidad nada que no sea superado, en cada uno de sus términos y en todas las direcciones, por el comportamiento humano general.


Hago ¡chas! y desaparezco de tu lado.


Buenas tardes desde Arcoíris.