Sentía dolor en el pecho y estaba
asustado.
La causa ya no tenía importancia,
su gravedad era irrelevante. Sólo quedaba el dolor.
El tiempo se dilataba cruelmente,
castigándolo como si fuera algo merecido o necesario.
En esos momentos su cabeza se
llenaba de extraños pensamientos, más retorcidos aún de los que habitualmente
ya la inundaban.
Maldecía a los dioses en los que
no creía y recordaba momentos de su vida que habían quedado arrinconados en su
pobre memoria.
Cuando el dolor pasaba, se sentía
afortunado y agradecía sobremanera su ausencia. Pero el dolor acababa
volviendo, recordándole sin piedad que no era tan fuerte como siempre había
creído, que su invulnerabilidad era solo otro sueño que se derrumbaba.
Esto lo hacía más humano: frágil,
insignificante, efímero. Consciente, en suma, de su compleja simplicidad.
En esta vida sólo se le da
importancia a las cosas cuando se carece de ellas en algún momento. Él lo
sabía, siempre fue más perceptivo que los que le rodeaban, pero saber las cosas
nunca fue una garantía de su entendimiento profundo. La práctica se empeña
siempre en superar a la teoría, dejándola desnuda ante la evidencia de su
forzada aproximación.
Al menos el dolor parecía tenerle
aprecio a la noche, y las estrellas y el silencio siempre eran una buena compañía
para este insomne.
Y después llegaba la paz.
Buenas tardes desde Arcoíris.

No hay comentarios:
Publicar un comentario