domingo, 27 de julio de 2014

El anciano astronauta


 

Al alejarse de allí las manos le lloraban nerviosas.

Su respiración acompasaba los latidos de su corazón y las grietas en su piel mostraban la sequia que su espíritu sufría desde que tuvo consciencia de su existencia.

Atrás dejaba días grises, esperanzas perdidas e ilusiones que descarrilaron hacía mucho tiempo.

Se decía que se estaba dando otra oportunidad, que era tan cobarde como valiente y que poco tenía que perder. Nada que verdaderamente le reconfortara, nada que tampoco le llevara a ningún vano remordimiento.

Quizás ya era tarde, pero nada le impediría intentarlo. Se compadecía de sí mismo por el tiempo perdido pero, al mismo tiempo, sentía la llama de la impaciencia que debían sentir los aventureros al comienzo de una nueva andadura.

Le era ya tan indiferente el mundo que abandonaba que, para su sorpresa, ni una sola lágrima acudía a sus ajados ojos.

Nunca volvería a pisar la tierra ni a contemplar el mar, pero quería ver las cosas que desde su infancia había visto en sus sueños y que para él siempre fueron más interesantes que las que estuvieron a su alcance.

Le daban igual las circunstancias que le habían conducido a esa situación, por surrealistas e improbables que éstas hubieran sido. Estaba naciendo de nuevo.

Era un viaje sin retorno, pero eso es exactamente lo que es la vida.

Por primera vez entendió el significado del término felicidad.

Nunca más se supo de él.


Buenas tardes desde Arcoíris.

No hay comentarios:

Publicar un comentario