Al alejarse de allí las manos le
lloraban nerviosas.
Su respiración acompasaba los
latidos de su corazón y las grietas en su piel mostraban la sequia que su
espíritu sufría desde que tuvo consciencia de su existencia.
Atrás dejaba días grises,
esperanzas perdidas e ilusiones que descarrilaron hacía mucho tiempo.
Se decía que se estaba dando otra
oportunidad, que era tan cobarde como valiente y que poco tenía que perder.
Nada que verdaderamente le reconfortara, nada que tampoco le llevara a ningún
vano remordimiento.
Quizás ya era tarde, pero nada le
impediría intentarlo. Se compadecía de sí mismo por el tiempo perdido pero, al
mismo tiempo, sentía la llama de la impaciencia que debían sentir los
aventureros al comienzo de una nueva andadura.
Le era ya tan indiferente el
mundo que abandonaba que, para su sorpresa, ni una sola lágrima acudía a sus
ajados ojos.
Nunca volvería a pisar la tierra ni
a contemplar el mar, pero quería ver las cosas que desde su infancia había
visto en sus sueños y que para él siempre fueron más interesantes que las que
estuvieron a su alcance.
Le daban igual las circunstancias
que le habían conducido a esa situación, por surrealistas e improbables que
éstas hubieran sido. Estaba naciendo de nuevo.
Era un viaje sin retorno, pero
eso es exactamente lo que es la vida.
Por primera vez entendió el
significado del término felicidad.
Nunca más se supo de él.
Buenas tardes desde Arcoíris.

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