miércoles, 27 de febrero de 2013

Mi mudable conjetura



Recuerda, mi turbio Neptuno, que tu lejanía es solo una gota en la inmensidad del océano cósmico y que tus pretensiones de soledad se perdieron hace ya muchos decenios.

Tu nombre, y tu símbolo astronómico, hacen honor al dios romano del mar, dueño de todas las aguas y señor de las ninfas que en ellas habitan. 

Tu existencia fue predicha matemáticamente antes de ser descubierto, lo que te da un aura de origen virtual y de misterio desvelado.

Eres, junto a Júpiter, Saturno y Urano uno de los llamados gigantes gaseosos, o planetas jovianos, o planetas exteriores y, como ellos, tienes un día muy corto (algo más de 16 horas).

Tu distancia al Sol, la mayor entre todos los planetas, determina que tu año sea también el más largo de todos (casi 165 años terrestres). Desde tu descubrimiento sólo has completado una órbita. Ningún ser humano te verá jamás (o al menos en un futuro próximo) dos veces en la misma posición relativa.

Cambias de aspecto con suma facilidad. Imitaste a Júpiter con tu gran mancha que, aunque inmortalizada en casi todas las fotografías que de ti se enseñan, ya no existe.

Tienes más de una docena de satélites pero uno de ellos, el superfrío Tritón, es más grande que todos los demás juntos, además de ser la única luna de gran tamaño del sistema solar que gira en sentido contrario al de rotación de su planeta. En esa chulería es, en cierto sentido, amigo del planeta Venus.

Pues bien,

¡Que sepas que te escudriño!. No me atemorizas, desnudada entelequia.


Buenas noches desde Arcoíris.

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