60 años, un suspiro y una eternidad.
La vida transcurre a un ritmo constante, el que marca el tiempo desde el Big Bang, pero nuestra percepción nos dice algo muy distinto: no todos los minutos, horas, días y años nos parecen igual de largos.
El tiempo es un tema que desde siempre entretiene, entre otros, a filósofos, psicólogos, físicos y neurocientíficos, y admito que en este blog es recurrente de una forma u otra.
En el frenesí del día a día, uno no se da cuenta de cómo se van fundiendo años en el crisol de nuestra vida, pero si que hay claros indicios de que ya no es lo mismo. La mente (el ser, si se quiere) y el cuerpo no suelen ir de la mano, y es el segundo el que de vez en cuando le recuerda al primero que las cosas han cambiado.
Pero no solo es el cuerpo el que cambia con el paso de los años, de manera que aunque nunca creemos perder nuestra identidad, es evidente que no somos la misma persona toda nuestra vida.
Alguien dijo que al envejecer no nos hacemos ni mejores ni peores, sino más parecidos a nosotros mismos. Suena bien, pero es francamente ridículo, por múltiples razones en las que no voy a entretenerme ahora.
Hace ya tiempo que releo más que leo, y yo creo que tiene que ver con la edad. Es como si algo en mí no quisiera que las obras que han influido en mi vida se perdieran en mi memoria, a lo que además ayuda el hecho de que verdaderamente mucho ya se ha olvidado. Algo parecido me ocurre con las películas, la comida, y lo que he visto, sentido o hecho en el pasado.
Es quizás miedo a que lo que tienes por delante no sea tan bueno como lo que dejas atrás, y yo creo que esto se puede identificar con la falta de juventud. Cuando se es joven el futuro suele verse con ojos de mejora, lo que es lógico por un sencillo motivo: tu bagaje es menor y tu porvenir mucho mayor.
Sin embargo, no debe ser este un pensamiento agobiante, pues cada etapa vital tiene sus ventajas, y las de tener una cierta edad no son pocas:
-Puedes decir con menos miedo, incluso sin ninguno, muchas de las cosas que piensas.
-También desaparece en gran medida el miedo a la incertidumbre y a la inseguridad.
-Tu tiempo libre aumenta, aunque la forma de utilizarlo puede variar, y sin duda lo hace.
-La jubilación ya no se ve como algo tan lejano, y hasta forma parte con más frecuencia de tus pensamientos agradables.
-No es que uno se vuelva sabio, pero sí que ve aumentada la poca o mucha sabiduría que tuviera en etapas anteriores, lo que es una ayuda para casi todo.
Como decía Saramago: "Pues tengo la experiencia de los años vividos y la fuerza de convicción de mis deseos".
No celebro los cumpleaños desde hace décadas, pero creo que tal cantidad de años merecen alguna excepción, por ejemplo en forma de tarta de chocolate casera.
Hoy en Arcoirís las copas corren de mi cuenta.